viernes, 2 de octubre de 2020

El paro en España.



Parece una broma del P.P., pero por desgracia es la pura realidad.

Felipe González presidio España del 1982 al 1996, al inicio de su mandato había un paro del 16,6% y cuando termino este mandato lo dejo con un paro del 22,1%.

Felipe  > el 5,5%.

José María Aznar presidio España del 1996 al 2004, al inicio de su mandato había un paro del 22,1% y cuando termino este mandato lo dejo con un paro del 10,5%.

Aznar  < el 11,6%.

J.L. Rodríguez Zapatero presidio España del 2004 al 2011, al inicio de su mandato había un paro del 10,5% y cuando termino este mandato lo dejo con un paro del 22,6%.

Zapatero  >12,1%.

Mariano Rajoy presidio España del 2011 al 2018, al inicio de su mandato había un paro del 22,6% y cuando termino este mandato lo dejo con un paro del 14,5%.

Rajoy  < 8,1%.

Pedro Sánchez  presidio España del 2018 al  ¿….? , al inicio de su mandato había un paro del 14,5% y en 2020 ya va por el 28%.                          Sánchez  > el 13,5%.

 

Casolidad, no estos son los datos cuya fuente es el Instituto Nacional de Empleo (INE) parece ser que se va cumpliendo ese refrán que dice año de rojos año de piojos, joder con la troupe socialista son como el caballo de Atila que donde ponía la pezuña no volvía a salir la hierba.

 

 

 

 

 

jueves, 1 de octubre de 2020

El frente anti-78



Cuando el ministro Juan Carlos Campo habló en las Cortes de «crisis constituyente», el pasado mes de junio, pudo cometer un lapsus lingüístico pero no político. Al titular de la cartera de Justicia conviene escucharlo porque prepara a fondo sus intervenciones y no habla a humo de pajas, además de porque es el instrumento ejecutivo de la estrategia jurídica del sanchismo. (La fiscal Dolores Delgado lo es de la judicial, que siendo paralela y complementaria se desarrolla en un plano distinto). Si Campo anuncia el trámite de indulto a los presos independentistas, con un «por cierto» como de arranque imprevisto, no estamos ante una ocurrencia baladí ni un estrambote repentino: es que se trata exactamente de lo que había ido a decir, del núcleo del mensaje en sentido estricto. Y si habló de «crisis» o de «debate constituyente» -en ambos casos dirigiéndose a portavoces del separatismo- hay que interpretar la existencia de un planteamiento explícito de revisión crítica del vigente orden normativo.

Basta con prestar atención al orden de los acontecimientos. Desde aquella declaración parlamentaria se ha producido el emblemático alejamiento de España del Rey emérito, el blanqueo moral de Bildu como interlocutor habitual del Gobierno, la presentación de una Ley de Memoria que supone de hecho la ruptura del pacto de reconciliación sobre el que se fundamentó la cultura del consenso y, last but not least, la campaña de cuestionamiento de la monarquía emprendida por los dirigentes de Podemos. Todo eso no se puede interpretar como una simple táctica de negociación de los Presupuestos; forma parte de un proceso más o menos planificado de deconstrucción de la legitimidad histórica, civil y política del actual modelo. Un proyecto refundador tan evidente en sus términos que ha suscitado en Felipe González la voluntad de «combatirlo (sic) con las fuerzas que me queden a la edad que tengo.

En ese contexto, el eventual indulto a los condenados del procés independentista catalán o la más probable reforma en su beneficio del tipo penal de la sedición constituye un hito significativo: viene a suponer, como ha señalado en ABC el profesor Sánchez Cámara, la destrucción del Derecho en el sentido de admitir que el delito -incluso cometido y sentenciado- no es delito si se opone al estatus político sobrevenido, que para el adanismo sanchista parece constituir la única fuente legitimadora de un sistema jurídico mutable a su capricho.

El presidente no es un hombre de pensamiento estratégico; vive de la improvisación adaptadiza, de la contradicción desprejuiciada, de la finta oportunista, de la pirueta pragmática. Su socio Iglesias sí tiene un programa, basado en un plan de ruptura, un instinto de revancha y una declarada fascinación por la mitología republicana. Pero de alguna manera, más bien intuitiva o ensayada sobre la marcha y con la pandemia en el centro de las preocupaciones ciudadanas, entre ambos ha surgido la complicidad necesaria para desmantelar la estructura constitucional de forma solapada, recorriendo a la inversa el ingenioso itinerario diseñado hace cuatro décadas por Torcuato Fernández Miranda: mediante la creación de un nuevo entramado legal que habilite en la práctica un desmontaje de la Carta Magna sin necesidad de abordar el inviable procedimiento requerido para tocar los títulos protegidos por la «mayoría agravada».

De este modo el bloque Frankenstein, la alianza de investidura que en principio apuntaba sólo a un inestable acuerdo parlamentario, se va convirtiendo en un frente contra el 78, en una federación de propósitos coaligados para liquidar el régimen y establecer unas nuevas bases del Estado. La pieza esencial de ese designio es por supuesto la Corona, sometida a un visible estrechamiento de campo que aprovecha el flanco débil de los escándalos de don Juan Carlos. Sánchez consiente que Iglesias y los secesionistas alienten el debate antimonárquico para ofrecerse ante Felipe VI como un dique protector falso que en realidad aísla al Rey en el círculo de un creciente poder presidencial de carácter cesáreo. Cuando el Gobierno restringe la agenda del Rey hasta permitirse humillarlo vetando -como esta semana en Barcelona- su presencia en determinados actos para no incomodar a sus aliados, lo que hace es convertir su figura en un elemento no ya simbólico, que lo es, sino meramente decorativo, floral, protocolario. Y le envía el mensaje inequívoco de que tiene el futuro de la institución en sus manos al erigirse en el único agente de tráfico capaz de detener o desviar la ofensiva de los republicanos.

El segundo y crucial factor deconstituyente consiste en el control del poder judicial, a través del asalto a la cúpula de los tribunales. La Fiscalía del Estado es el instrumento clave, pero no el único porque no basta para someter la autonomía de los magistrados en sus ámbitos jurisdiccionales; de hecho existe en la judicatura un malestar cada vez menos sordo sobre los criterios e instrucciones que el Ministerio Público imparte respecto a querellas o contenciosos que el Ejecutivo considera ideológica o políticamente relevantes. El CGPJ, el organismo que decide sobre la carrera profesional, y el Tribunal Constitucional se han convertido en el objetivo prioritario de Sánchez, y de ahí la presión que ejerce sobre Pablo Casado para cerrar la renovación de sus vocales. Pactar la composición del tercer poder del Estado es abrir la puerta al cambio de régimen, y ambos lo saben; la cuestión es hasta dónde y hasta cuándo resistirá el jefe de la oposición ese apremio asfixiante. Si se desploma esa última barrera no permanecerá una sola institución al margen de la influencia gubernamental y la estructura de las libertades quedará a merced de un concepto de democracia formal subvertida por el empuje de los populismos «iliberales».

Esta semana volvió a sonar en el Congreso -y van tres veces- la amenaza «pasionaria» del líder de Podemos, cuando declaró que el Partido Popular no volverá a sentarse en el Gobierno. La verdadera memoria histórica otorga a esas palabras un eco siniestro, pero revelador de lo que está en juego: la extinción de la alternancia y el dominio perpetuo de medio país sobre el otro medio. El totalitarismo consiste exactamente en eso.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Que bien se dispara con la pólvora del rey.


 Dice un refrán: La casa es grande y no repara en gastos, y veo con estupor como en la reunión que tuvo el otro día el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, con la presidenta de la comunidad de Madrid,  Isabel Diaz Ayuso que en el recibimiento tienen allí nada más y nada menos que cubriéndoles el fondo la friolera de 24 banderas, 12 españolas y 12 comunitarias, la verdad es que no sé qué pensar, igual podían haber puesto 200, o más ya puestos.

Me da vergüenza estos malditos políticos derrochadores,  que queman en tonterías el dinero sin tiento ni medida, que hubiera pasado si en vez de las 24 banderas hubieran puesto solo 1, nada, que habrían hecho lo correcto, así que atrezo que no les falte, paga el pueblo.

Estamos en España como para ir tirando y derrochando el dinero en banderitas, la verdad es que como digo en el título, que bien se dispara con la pólvora del rey, madre mía que poca vergüenza que tienen. Ah y si se lo criticas siempre dicen eso del “chocolate del loro”, jodido loro, pensando en que por cada banderita pagan 72 euros de vellón, se acaban de fundir de un plumazo 1.728 euros, los que podían haber gastado en 752 mascarillas y repartirlas entre ciudadanos que no puedan comprarla, pero no eso no, en fin es lo que hay, si tenemos más políticos que mierda en Francia.