No es la misma crisis la que sufre alguien que perdió a un ser
querido o le tiene entre la vida y la muerte, que la de aquel que
afortunadamente puede contestar ‘todos bien, gracias’.
No la vive igual alguien con el sueldo asegurado que el dueño
de un bar o un asalariado encorbatado a un ERTE. No es lo mismo para los que
tenemos un plato caliente cada día, que para los muchos que de una situación
idéntica han pasado en semanas a mendigar. Para unos el coronavirus existe solo
cuando apetece poner la tele y para otros, en cambio, es la guillotina que
vislumbran desde hace un mes.
Pido perdón porque creí en la magia de los balcones, me dejé
llevar por la música y por el ya habrá tiempo para la crítica. Me tragué la
propaganda de ‘este virus lo paramos unidos’ , ‘un día más un día menos’ o el
porqué ‘todo va a salir bien’ y llegué incluso a olvidarme de los muertos. Caí
en que el uno más uno suman... pero hasta 100, y después solo vi números que se
agolpaban cada día en el telediario como fichas de dominó, sin pensar que
detrás de cada uno había una historia, una cara, un adiós.
Pido perdón porque aplaudí a quien alegra las calles a las
siete con la música y me olvidé de quien tiene un familiar enfermo en el piso
de enfrente. Me olvidé de los muertos por la publicidad del olvido. Me dejé
llevar por la 1, donde siempre hay entierros y muertos en Nueva York, y en
España solo solidaridad y amor.
Aplaudo aplaudir, mantener la moral, pero llevamos 20.000
fallecidos oficiales, de ellos 271 solo en Salamanca: el 11-M fueron 193 y se
conmocionó un país y el 11-S quedaron sepultados 2.993 y se paró el mundo. En
2019 fallecieron en España 1.098 personas en accidentes de tráfico y lloramos,
con razón, por cada uno. Y ahora, con al menos 20 veces más muertos en esta
masacre, no existe ni el respeto de las banderas a media asta por parte del
Gobierno. Son muertos sin despedida y familias sin duelo. Y aquí no es cuestión
de ver la crisis de una manera o de otra, es cuestión de humanidad y de no
dejarnos manipular por una supuesta situación idílica sensiblera con la que el
Gobierno pretende adormilarnos con el objetivo egoísta de seguir en el poder.
Decía Igea que cuando acabe esto habrá que reflexionar sobre
el funcionamiento de la administración, desde el Gobierno hasta ayuntamientos y
diputaciones. También de la Junta. Los responsables de la gestión son las
administraciones y nunca, en ningún caso, la oposición, como nos quiere hacer
creer el Gobierno de España cuando carga contra PP y Vox.
Semejante número de muertos no puede implicar nunca una
gestión eficiente y mientras que ningún presidente autonómico ha presumido del
trabajo, Pedro Sánchez, que por cargo es el principal responsable, ha tenido la
desvergüenza de situar su gestión como modelo en Europa.
Es una realidad incuestionable que se puso en marcha tarde.
Decretó el estado de alerta cuando ya había al menos 121 muertos y 4.300
contagiados. Portugal, a cuyo Gobierno (socialista) no critica la oposición
-¿cómo lo va a hacer si va muy bien?- lo decretó con 300 infectados y ningún
fallecido. Alemania abre los colegios en mayo y España está por encima de las
500 muertes diarias reconocidas y subiendo, con un sistema de contabilizar
fallecidos sin validez.
Sanidad centralizó las compras de equipos pese a no
disponer de infraestructura y cuando se lanzó, tarde, encontró ya la
competencia feroz del resto de países.
Así mandó a la “guerra” diaria sin
protección a miles de personas. Y no hay fotos de ataúdes porque el Gobierno
prohíbe mostrarlas ahora que la libertad de expresión acaba donde dicen Sánchez
e Iglesias, que han regalado 15 millones a televisiones privadas para ponerles
mordaza. Y sigue sin haber pruebas para todos, ni mascarillas.
Y aún con este
bagaje, el presidente, a diferencia del francés, huye de la autocrítica y de la
corbata negra. Y Pablo Iglesias presume sin rubor de jardín para el
confinamiento, igual que Chávez lo hacía de mansión cuando su pueblo se moría
de hambre.
Hay dos visiones de una realidad, una España condescendiente,
que solo quiere buenas noticias y otra molesta, triste, que se siente
ninguneada y mal gobernada. Y no olvidemos que la barrera entre una y otra a
veces solo está en no poder pronunciar ese ‘todos bien, gracias’.
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